martes , 27 octubre 2020
Foto: El País

LA RESISTENCIA DE LOLO ROMERO: HACIA LO QUE ESTÁ POR LLEGAR

Foto: El País

Por Lolo Romero.

La nueva normalidad -ese misterio que sigue acercándose- se construye por fuerza partiendo de la incertidumbre y aceptando todas y cada una de las ausencias. Además de las faltas irreparables (que son sin duda las peores), a todos nos queda vivir sin tener mucho de lo que antes teníamos, sin disfrutar por un tiempo, o ya para siempre, de las pequeñas escenas que daban forma a la trama de nuestro día a día. 

 Los fanáticos del fútbol no podíamos ser la excepción de la norma. Vuelven los partidos, los disgustos, las alegrías, el cosquilleo que crece dentro y nos aleja, un poco cada día y apenas por un rato, de esa cotidianeidad que unas veces te mece y otras te abofetea.  Pero vuelve todo de un modo distinto, mucho más lleno de silencio y enclaustrado a la fuerza entre cuatro gradas vacías -para ellos- y las paredes de un bar o del hogar propio o ajeno para quienes pasaremos todo el partido gritándole incansables a la tele. 

 Nos faltarán las previas a sorbos en La Laguna, escuchar la alineación en pareado que alguien declama, móvil en mano, allá por Loreto. Reencontrarnos en el camino hasta el asiento con las pintadas que adornan el Fondo, ir con disimulo apremiando a la masa que se agolpa junto a un torno; saludar a la familia azarosa que supo consolarte tras el balón a las nubes de Akinsola, para poder abrazarte después camino de la gloria que aguardaba en Alicante. No habrá cánticos ni palmas, ni la sensación casi espasmódica de levantarte del asiento por un “Vamos, Cádiz” que te rasga la garganta o por la carrera esforzada de quien tiene grabado a fuego que la lucha nunca jamás se negocia. 

 Va a ser todo distinto, pero va a ser. Y es la mejor noticia a la que aferrarse después de tantos meses en los que el tiempo no era tiempo, en los que nuestro “todo” parecía haberse congelado tan a traición en mitad de la nada. 

 Dice una cita apócrifa de Eduardo Galeano que aunque la utopía y el horizonte no se alcanzan, sirven paradójicamente para eso, para hacernos caminar con el ansia de llegar algún día a poder tocarlos. El horizonte del Cádiz está lleno de reflejos que ilusionan, de un tiempo cercano más lleno de sonrisas que de penas. Es el momento de acabar el camino, y aunque no sepamos si ese horizonte llegará, si podremos siquiera alcanzarlo, no queda más que caminar para seguir soñando. 

Se acabó la vigilia. Vuelve por fin, después de tanto, la hora de dar de nuevo este dichoso primer paso. 

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