CONFESIONES DE UN CONVERSO AL CADISMO

Las creencias y las ideologías nunca  han sido mi punto fuerte. La religión siempre la he tomado como algún tipo de cuento relatado de generación en generación que la gente utiliza para la autocomplacencia de sus propios actos. Una pantomima que sirve de unión entre adeptos para  interpretar y respetar una serie de normas o de conductas impuestas desde tiempos remotos.

Devoción y fervor por algo que tan solo creemos, sin haber llegado a palparlo nunca. Me parecían una auténtica maniobra del poder de sugestión de la propia mente. Pero pobre de mi, que jamás pensé, ni se me pasó por la cabeza. Que de repente estuviera envuelto de lleno en una de las religiones más practicadas,  casi sin darme cuenta.

Yo, jamás pensé que religión sería, bautizarme en las aguas de un Atlántico que inunda de sal el graderio de un estadio. Beber la sangre de un profeta salvadoreño, que tan solo quería mostrarle al mundo, que las riquezas están en uno mismo y no en lo que te rodea. Alimentarme de peces multiplicados, aderezados con  vinagre y  pimentón durante el camino hacia la casa de las gargantas calientes. Comulgar en cuerpo y alma, por el espíritu de un mártir extremeño que nunca murió. Iniciar el peregrinaje hasta los confines del mundo, sin más afán que  la búsqueda de la alegría. Predicar con los cánticos más revolucionarios desde una tribuna de piedra. Idolatrar  figuras moldeadas del gaditanismo más puro y universal. Confesar mis pecados veniales, cada domingo por la tarde rodeado de semejantes o propagar unos mandamientos redactados en papel de estraza y escritos con la tinta del sacrificio y la humildad que recogen todos los pilares que cimentan la base del esfuerzo.

Cuando me quise dar cuenta, mi adoctrinamiento estaba más que arraigado e interiorizado y mi conversión al cadismo era una realidad. Una conversión iniciada desde el día en que nací y que fue madurando con el transcurso de los años y reforzada en cada recaída.

Hoy puedo decir abiertamente que profeso la religión cadista, que mi camiseta y mi bufanda enarbolan los símbolos más puros de mi fe. Que cada domingo oro en el Templo. Que respeto sus mandamientos y sobre todo que soy un creyente hasta la muerte.

 

 

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