EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO

Todo comenzó cuando el árbitro pitó en el minuto 94 del partido de Alicante. El Cádiz volvía a segunda división. La alegría se desbordaba en bares, peñas, hogares y asociaciones de vecinos que habían seguido el partido con emoción.

Fueron 24 horas de júbilo, emociones y pasión por un club que para los gaditanos es algo más que un equipo de fútbol. El equipo siempre ha tenido que dar muy poco para que la afición se vuelque como si le fuera la vida en ello. El Cádiz siempre formó parte de esta ciudad y lo vemos parte indisoluble en otros aspectos de la ciudad. El carnaval, el verano con el Trofeo Carranza y los entrenamientos en la playa de los jugadores y el punto de encuentro que supone para muchos amigos cada domingo de partido. No se entendería la ciudad desde hace cien años sin este club.

De mayores a jóvenes todos compartimos esta locura eterna. Incluso cuando la desazón se apodera de los aficionados en los descensos, me he dado cuenta que sólo son pasos atrás que cogemos para coger impulso. Para seguir alimentando esta pasión y este amor que sale desde lo más profundo de las entrañas. Tan irracional como delirante.

Y ahí nos vemos. Como una marea que siempre vuelve. Como un ave fénix que se rebela a la muerte y al tedio. Como un submarino golpeado e impulsado por un motor eterno. Y ayer fuimos de nuevo felices por un momento. No tuvo lugar la tristeza, la rutina, ni la desesperación de una ciudad machacada por la falta de trabajo. Ayer fuimos uno solo viviendo el sueño de una noche de verano.

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