ROVIRA, QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

Antonio Tocino Ariza, “Rovira”. Emblema y símbolo del Cádiz de los ochenta y principios de los noventa. Curandero milagroso, que aquel que se ponía en sus manos, no volvía a lesionarse en mucho tiempo. Genio y figura de un equipo que se negó a ser pequeño. Una familia de gaditanos en la que era padre, madre y referente de un vestuario unido en torno a su figura. Era el consejo, el amigo. Aún se llora su perdida hace ya veinte años. Y parece que fue ayer.

Protector y tutor de “Mágico”, no aceptaba, ni toleraba que nadie hablara mal del Salvadoreño. Masajista de experiencia y no de estudios. Conocía una lesión muscular con el acierto del campesino su tierra. Con el olor del pescador en la mar. Las lesiones, contracturas y roturas fibrilares eran diagnosticadas con precisión de cirujano. Y no había jugador que pasara por sus milagrosas manos y no notara alivio y mejora.

Se nos fue hace diecisiete años, pero ya había un joven, casi un niño que se insufló de su espíritu y de su saber en el vestuario. Se llama Juan, de apellido Marchante y es el heredero de un vestuario en el que sigue Rovira, porque nunca se fue. Juanito, el jefe de máquinas, ya se encarga de que ningún jugador amarillo no sepa quien es don Antonio Tocino Ariza. Si quieren homenajear a un cadista, él lo es con MAYÚSCULAS.

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