VICTORIA NO APTA PARA INGRATOS

Victoria sufrida y trabajada en el último tramo de canpeonato, donde cualquier rival es capaz de hacerte un siete.

Nueva apuesra de juego pasando por alinear a los bajitos diabólicos, capaces de inventar una jugada magistral en un palmo de terreno. Más carne en el asador que nunca, con unos registros goleadores espectaculares y contando en las filas, probablemente, con el mejor futbolista de la categoría.

Pero nada de eso importa para los ingratos divinos que están por encima del bien y del mal. Figuras etéreas que traspasan lo mortal para iluminarnos con su clarividencia suprema. Ingratos que se toman la licencia de opinar y de desarrollar sus ocurrentes pensamientos. Expertos en tácticas, líderes en gestionar grupos de trabajo, especialistas en el factor psicológico y catedráticos en estupideces. Nada puede contentar a estos especímenes, nada satisface a estos vivarachos seres que solo ven la realidad a través de las sombras que se proyectan en sus lúgubres cuevas. Nada podrá desalojarlos de su apatía constante y de su pataleo incesante, porque enarbolan la amargura de forma inherente.

La suerte, el árbitro, Machis, el viento o el rival, siempre podrán ser factores claves para desprestigiar cualquier victoria, porque, obviamente, el entrenador solo ejerce como mero pelele que ocupa un asiento cada fin de semana por los distintos estadios que comforman la categoría.

Pase lo que pase, la desilusión y la zozobra correrá por las venas de estos ingratos que solo vienen a senturse vivos cuando pueden llenar sus barrigas con la satisfacción de la derrota.

Estos tres puntos, no son aptos para ingratos.

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